Sin sorpresas

No entiendo por qué nos empeñamos en hablar de libertad si siempre acabamos encerrado entre las mismas paredes.
Historia de un niño
Ésta es la historia de un niño normal y corriente. Un niño que se levantaba cada mañana para ir al colegio, para aprender nuevas cosas y sacarse el curso con buenas notas, que realizaba actividades extraescolares que ni le disgustaban ni le atraían del todo, que hacía los deberes y estudiaba y hacía todo lo que se le pedía. Un buen niño. También era un niño que soñaba con algún día hacer las cosas diferentes, con otros mundos diferentes al nuestro, con otro lugar dónde la gente vivía tranquilamente y hacía lo que quería, respetándose mutuamente y en harmonía. Eso le parecía el paraíso y no lo que enseñaban en religión y aunque le doliera despertarse cada día debía hacerlo porque esos mundo no eran más que lo mismo que todos los sueños; sueños. Ésta es la historia de una vida normal y corriente. Pero ésta también es la historia del niño que un día decidió levantarse un día y no ir al colegio, dejarse llevar por sus emociones e ir al lugar más recóndito al que pudiera llegar. Una vez ahí dejarse llevar y hacer lo que más quería realmente. Subió a un barco y fue a la deriva. Navegó en un mundo lleno de gente monótona, como él, y gente con preocupaciones, con estrés y con prisas, gente como él. Pero él ahora era libre y no le preocupaba nada de lo que debía hacer o los otros pensaran que debía hacer. Los deberes y obligaciones tienen que ser impuestos por uno mismo para que puedan ser cumplidas y para él, en ese preciso instante, no tenía ninguna obligación ni deber. Observó el mundo y le pareció una tormenta, un huracán, un desastre. Él navegaba tranquilamente en su barca en una mar calmada, con los peces y los delfines, cual pirata en la busca de un tesoro. Y después de navegar todo el día finalmente él encontró su tesoro. Encontró su verdadera pasión que no era ni el fútbol que realizaba los miércoles a la tarde ni el piano que estudiaba los viernes, era la escritura. Al volver a casa ignoró sus padres, se fue directo a su habitación, sacó un papel y un lápiz y empezó a escribir. A dibujar todos esos sentimientos que había sentido durante el día. Necesitaba la necesidad de expresar lo que sentía y compartirlo con el mundo. Quería que todo el mundo conociera la misma verdad que él sólo sabía y que todos vivieran felizmente junto con él. Un mundo dónde todo el mundo vivía en harmonía. Un mar lleno de piratas surcando los mares en busca de sus tesoros, mares sin tormentas ni huracanes, mares con mareas y oles que arrastran belleza en todo su esplendor. Un mundo como el de sus sueños. Escribió hasta que no le quedaron más ideas que expresar y decidió que al día siguiente, al levantarse, se dejaría llevar otra vez, pero a otro sitio diferente. A otro mundo totalmente diferente, al océano quizás. Esa noche no soñó con un mundo diferente, soñó con que algún día llegaría a ser escritor. Ésta no es una historia feliz. No es una historia de sueños cumplidos. Es una historia de un niño que luchó por sus ideales y se dejó guiar por su corazón y logró todo lo que quería. Ésta es una historia con una moraleja: “Sigue tu corazón pues nada es imposible hasta que no has puesto todas tus ganas”.
Sapere aude!
Tenemos miedo. Miedo a diferentes cosas. Miedos particulares. Pero en general todo el mundo tiene miedo a una cosa: lo desconocido. Lo desconocido nos atemoriza. Nos atemoriza porque no sabemos cómo es. Vivimos acomodados en nuestras vidas, vidas que nos gustan, o al menos vidas que no intentamos cambiar. Intentamos por todos los medios hacer nuestras vidas estables, que tengan una continuidad y que todo siga como hasta ahora. Y todo porque tenemos miedo a que si cambia sea a peor.
Pero la vida no es estática. La vida es tiempo y el tiempo no para de avanzar. Hacia donde sea, no tiene rumbo, pero tampoco le importa porque no tiene miedo. La vida es constante movimiento y a cada segundo cambiamos. Cambiamos poco, sí, pero cambiamos. Y no debemos tener miedo a estos cambios, estos cambios son la vida y mejor afrontarlos con fuerza y energía y aprovecharlos al máximo que no vivir aferrados a una cosa que éramos hace mucho tiempo y que ya no tiene sentido. Vivir en el pasado. ¿Por qué quieres vivir en el pasado si sólo existe el presente? ¿Por qué tenemos miedo a los cambios y a lo desconocido si no paramos de cambiar y no conocemos nada? Yo no lo sé, la verdad. Nos pasamos la vida buscando cosas que apenas sabemos que existen pues sólo hemos oído hablar de ellas e intentamos conseguirlas por todos los medios, pero no nos planteamos nunca de qué nos sirve. ¿Por qué quieres ser feliz? No intentes nunca ser feliz porque si buscas ser feliz no lo serás nunca. ¿Cómo quieres llegar a la felicidad si nunca has sido feliz? No nacemos y somos felices. Aprovecha cada momento, aprecia cada instante, cada acción y entonces, si lo disfrutas, pues quizás se asemeje a la felicidad. Pero la verdad es que no me importa porque nunca he querido ser feliz mientras pueda seguir disfrutando de la vida. Aprende cosas nuevas. ¿No es acaso fascinante? Algo conocido ya es conocido, no tiene nada nuevo qué ver, no tiene ninguna diversión, es mucho más divertido aprender cosas nuevas, aprender de lo desconocido. Así pues, ¿por qué intentamos no cambiar nunca? Cambia, prueba todo, elige, vuelve a eligir, tienes toda la vida para decidir y lo mejor de todo es que no tienes ni qué decidir. Lánzate a lo desconocido. Imprégnate de todo lo que te rodea, todo es interesante, todo es fascinante, todo te puede hacer aprender y cambiar y superar tu miedo porque créeme que la tranquilidad, el bienestar con uno mismo, el no tener preocupaciones ni miedos es lo mejor que hay en la vida. Por ejemplo, ¿por qué le temes a la muerte? ¿Qué te atemoriza de ella? ¿Qué hay después? Nadie lo sabe, ni tú, ni yo, ni el bebé que acaba de nacer ni el viejo que está a punto de morir. Quizás no haya nada, quizás; quizás haya el paraíso, quizás; quizás todo sea un sueño o una película o una invención de la mente. ¿Qué más da? ¿Acaso cambiará tu vida? No temas a la muerte, lo que sea ya llegará cuando tenga que llegar y, cuando sea, pues disfrútalo. Nadie ha dicho nunca que morir sea malo, es únicamente el miedo a perderlo todo, el miedo al cambio, el miedo a otra cosa. No digo que la muerte sea mejor, no lo sé, yo sólo intentaré disfrutar al máximo cada momento de mi vida y cuando muera ya veré qué sucede, pero si puedo intentaré aprender al máximo y disfrutarlo aún más. Así que hacedme caso: cambiad.
Vive lentamente
- ¿Por qué tienes tanta prisa?
- Tengo un sitio al que ir.
- ¿Y qué ganas llegando antes?
- Tiempo.
- ¿Y para qué quieres ese tiempo?
- Para hacer algo que me guste.
- ¿Acaso no te gusta caminar?
- Sí, pero prefiero otras actividades antes que caminar.
- Pero, ¿no sería mejor disfrutar también de este camino mientras te diriges a tu destino y luego también de la otra actividad así el disfrute es doble?
- No, pues la susodicha actividad me proporciona un placer muy superior al de caminar.
- Entiendo. ¿Y cuándo has acabado la actividad en cuestión a qué dedicas tu tiempo? ¿O nunca acaba?
- Bueno, entonces hago otra actividad que disfruto.
- ¿Y cuándo se acaba ésta?
- Otra.
- ¿Cómo caminar?
- No, tengo muchas actividades más interesantes que caminar. De hecho, de las actividades que me gustan, caminar está de las que menos es de mi agrado.
- Pero, cuando haya realizado ya todas las actividades que le gustan antes de caminar y aún tenga más tiempo, pues tiempo es lo único que tenemos, entonces ¿qué hará?
- Pues, como muy bien usted ha dicho, caminar.
- Entonces, ¿por qué no disfruta de este camino?
- Pues ya se lo he explicado, porque tengo cosas más interesantes que hacer.
- No, justamente me acaba de demostrar que no tiene nada mejor que hacer.
- No le entiendo. Explíquese, por favor.
- Es bien sencillo. Nuestra vida no es más que tiempo. Es decir, podemos tener una u otra concepción de la vida, hay millones, pero todos esos modelos de vida concurren en un punto o, mejor dicho, no pueden denegar un punto y es que vivimos a lo largo de un tiempo. Un tiempo finito o infinito, pero tiempo al fin y al cabo. Supongamos el peor de los casos que resulta ser la vida normal, la vida mundana, la vida sin más, su vida. Usted considera que la vida dura alrededor de 90 años, quizás algo más, quizás algo menos. 90 años es una barbaridad, se lo mire como se lo mire, puede contar los días que son, las horas y si quiere los minutos. Son muchísimos. Demasiados para ser pensados en un intento así de golpe. Imagínese ahora la de acciones que puede llevar a cabo en estos minutos, son casi infinitas, ¿verdad? Evidentemente no podrá hacer todas las cosas que hay en el mundo porque tendrá que escoger qué hacer, pero podrá realizar todo lo que quiera hacer cuantas veces quiera y cuando quiera. Dicho de otro modo, se cansará de hacer las cosas que más le gustan, las que menos le gustan, se cansará de todo, pero ¿sabe qué? No será porque las habrá hecho demasiadas veces, no, sino será porque las habrá hecho con prisas, por querer hacer otra cosa, por ansias de hacer todo. Y cuando finalmente haya hecho todo, que tampoco será todo, no sabrá qué hacer y se aburrirá. Y entonces yo le preguntaré: “¿De qué le han servido las prisas, amigo?” Y espero que usted se percate de que no le habrán servido de nada pues aún le queda mucho tiempo y pocas cosas a hacer. Así que yo ahora le propongo una cosa, antes de que caiga en la equivocación y viva con prisas, viva lentamente, disfrute de cada momento, disfrute de este camino, mire a su alrededor, conozca su ciudad, admire la belleza de los edificios, de la naturaleza, de los animales y adórelo. Pásese el tiempo que quiera observando todo pues cada momento es único y nunca se repetirá así que a lo mejor se pierde algo irrepetible. Viva lentamente y no tenga prisas, las prisas no suponen ningún bien, sólo crean malestar y nos hacen equivocarnos. Viva lentamente y disfrute lentamente de la vida pues tiempo es lo único que tenemos y tenemos todo el que queramos, así que utilícelo bien y al máximo. Vive lentamente para no aburrirte o, mejor dicho, vive lentamente para disfrutar de cada momento o, simplemente, porque no tiene nada mejor que hacer. Pero recuerde: vive lentamente.
Carpe Diem
Enfermo. Estoy enfermo. Y el estar enfermo no hace más que reafirmarme mis ganas de vivir la vida y no desperdiciar ni un momento. Porque hasta que no has estado mal, no sabes que es estar bien (y viceversa). Y en estos momentos de malestar general, de falta de fuerzas, de solitud y aburrimiento, no tengo más ganas que bailar, gritar, chillar, saltar, correr, estar con mis amigos, disfrutar de casa momento y, en general, de vivir la vida. Porque ahora estando enfermo, soy incapaz de entender como una persona puede desaprovechar su bienestar, su plenitud vital. No me da rabia, sino pena. Pena porque aún no saben que signifca estar bien. Evidentemente que habrán estado enfermos, pero los malos momentos se olvidan antes que los buenos, sino ¿cómo somos capaces de volver a cometer el mismo error? Así que mi consejo, desde un estado febril, es que disfrutéis la vida y no desperdiciéis nada de ello, ni la última milésima de un segundo cualquiera. Carpe diem.
Defendiendo los valores
Una de las cosas que menos soporto de la sociedad actual es la nombrada tercera edad y su supremacía en todos los campos respecto al resto del mundo. No estoy diciendo que no debamos respetar a las personas mayores ni denegarles nuestra ayuda en las situaciones dónde vayan más necesitados. Ni tampoco estoy diciendo que todos sean igual, simplemente me refiero a una gran mayoría con las que trato casi a diario. Pero la cosa es que hacen lo que les apetece cuando les apetece.
¿O nunca han visto a un viejo colándose en una cola del supermercado? ¿O haciéndose el tonto para pagar menor? ¿O sentándose en un sitio de un transporte público porque se encuentra muy mal? O muchas cosas más. Y si estas simples cosas ya me fastidian bastante porque las considero inmorales (una cosa es pedir ayuda y otra muy distinta exigirla), lo que me revienta más de todo es el rastro de soberbia que dejan tras éstas. Y es que te hablan cómo si fueran un ser superior al que no le puedes cuestionar nada y debes servir de forma incondicional y simplemente porque son mayores. Quizás lo peor de todo es que socialmente está visto así y finalmente se lo han acabado por creer. Pero yo estoy harto. Harto de sus miraditas, harto de sus comentarios en voz baja y harto de sus exigencias. Porque yo siempre he tratado ser políticamente correcto con todo el mundo y tratar a las personas mayores con su debido respeto y ayudarlas en una justa medida. ¿Y qué me he encontrado a cambio? Ningún gracias, más exigencias y que continúan haciendo lo que quieren. Y esto no puede seguir así.
Debemos hacer ver a las personas de la tercera edad que son personas igual de respetables que nosotros y que el respeto que les mostramos nosotros también debe ser correspondido por ellos, que el hecho de ser jóvenes no nos desvincula de una dignidad que tienen todas las personas. También debemos hacerles ver que nuestra ayuda es un acto totalmente voluntario y que si no nos apetece llevarles un peso pesado pues que no tenemos ninguna obligación para hacerlo, que todos tenemos nuestros motivos, y que no pueden mostrar una falta de respeto por no decidir servir nuestra ayuda. Y, sobretodo, que no pueden hacer lo que les apetece, que son personas como cualquier otra, y si yo estoy esperando mi turno ellos no pueden pasar delante. Tenemos que enseñarles que si una cosa no sucede como ellos desearían pues hacen como todo el mundo: ajo y agua.
Tampoco quiero dar a entender que la tercera edad son la escoria de esta sociedad, pero su comportamiento no lo veo nada digno de admirar, mas lo contrario. Y paradójicamente ellos se quejan de la mala educación de los jóvenes actuales. Tomando el ejemplo que hay tampoco es que me extrañe mucho. Aunque ya se sabe: vivimos en un mundo de locos.

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